Armas

Cada mañana ignora el ritmo del que forma parte su recorrido escolar. Alrededor suyo circulan todos los días los mismos autos, ventanas cerradas; a pie: señoras con niños de las manos, jóvenes con ojos puestos en dispositivos electrónicos, yendo todos a algún lugar aparentemente urgente; autobuses recogiendo pasaje más allá de sus límites; vendedores y limosneros, sin brillo, arañándole a cada semáforo lo indispensable para llegar al día siguiente; y por encima de todo, más allá del bien ¿y del mal?, edificios donde años antes no había nada, bancos, multinacionales, naturaleza muerta; el rostro del Presidente mostrando en vallas gigantes los ojos entrecerrados, de frente al porvenir. Inmensa partitura cotidiana.

Pero algo altera hoy la melodía. Las calles no son los mismos pentagramas, mucha más gente se mueve con menos prisa y más urgencia. El autobús se para en seco. Ella voltea hacia la ventana; su propio rostro la asalta: en su cabello lleva una cinta, el delineador se esfuerza frente al insomnio. Pasa un rato. Sin movimiento. Oye bocinas, gritos, sirenas. Se suelta el pelo. Un estallido. Se yergue para ver. Por la ventana la punta del cañón se muestra humeante. Nunca había visto un tanque ni soldados armados. Saca su celular. Apunta.

Autor: Carlos M. Castro

Publicado en Tierra breve. Antología centroamericana de minificción (San Salvador: Centroamericana, 2017)

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